Baños de limpieza energética para despedir el año y renacer en luz
Sumate al ritual especial de navidad y fin de año de Marcos Nahuel aqui
Por Marcos Nahuel
Siempre digo que diciembre es un mes donde el cuerpo habla más fuerte que nunca. No hablo solo del cansancio físico, sino del cansancio energético, ese que se acumula como un peso invisible entre los hombros, en la cabeza, en el pecho, en ese lugar donde guardamos cosas que ni siquiera pudimos nombrar. Y cada fin de año, cuando llega esa sensación de balance interno, siempre vuelvo al mismo acto sagrado: limpiarme con agua. El agua tiene memoria, tiene voz, tiene vibración. Y si uno la guía, te arranca de encima todo lo que no corresponde llevar al año siguiente. Es uno de los rituales más simples y más potentes que existen, y por eso nunca dejo pasar diciembre sin hacer, al menos una vez, un baño de limpieza profunda.
La finalidad de este tipo de baños no es “lavar” la energía como si fuera algo sucio, sino soltar cargas, emociones atrapadas, enojos que quedaron dormidos, pequeñas sombras que fuimos acumulando sin darnos cuenta. El baño actúa como un reinicio vibracional. Hace que lo viejo se desprenda y que lo nuevo pueda entrar sin resistencia. Cuando uno sale del agua, no es solo el cuerpo el que se siente más liviano: también se ordena la mente, se aclara el aura y se afloja ese peso silencioso que uno ni sabía que estaba cargando.
Siempre explico que un baño de limpieza no es un capricho espiritual; es una forma concreta de mover la energía desde el cuerpo hacia afuera. Nosotros acumulamos emociones en la piel, en los músculos, en la respiración. Y el agua es el elemento perfecto para desarmar esos nudos. No hay magia más antigua que esta. Incluso antes de que existieran los rituales formales, el ser humano ya sabía instintivamente que el agua tiene el poder de resetearlo todo. Por eso, cuando uno se mete en un baño de limpieza, no solo se purifica, también se abre. Se abre a la claridad, a la calma, a la prosperidad, a las oportunidades que estaban esperando encontrar un hueco vibracional para entrar.
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Este baño que voy a darte es uno que yo repito cada fin de año, porque siempre me deja renovado. Lo bueno es que se hace con elementos cotidianos, sin complicaciones, sin cosas raras. Y aun así, funciona como si te sacaran capas enteras de energía estancada.
El ritual comienza preparando un recipiente con agua tibia. No tiene que ser perfecto, puede ser un balde, una jarra grande, lo que tengas a mano. En esa agua vas a colocar un puñado de sal gruesa, que es un neutralizador natural de energía pesada. La sal arrastra, despega y quema lo que ya no te sirve. Luego agregás un chorrito de vinagre blanco, que corta la energía estancada y actúa como un limpiador directo. Después sumás un poco de perfume o colonia común, ese que usás siempre, porque eso representa tu vibración personal, tu identidad, tu olor energético. Es como recordarle al universo quién sos en tu estado más puro.
Si tenés, agregá unas cáscaras de limón o naranja, no importa si son frescas o secas. Las frutas cítricas elevan la vibración y atraen claridad. Y si querés potenciar el baño, podés poner también un poquito de miel, que suaviza la energía y abre caminos dulces. Revolvé esa mezcla con tu mano en el sentido de las agujas del reloj. No lo hagas rápido. Hacelo sintiendo el movimiento, como si con cada vuelta estuvieras despertando algo dentro tuyo.
Cuando esté listo, llevate el recipiente al baño y entrá a la ducha como si fueras a bañarte normalmente. Pero antes de empezar, tomá un momento para respirar hondo. Apoyá tu mano en el pecho y sentí cómo está tu cuerpo. Fijate en qué parte pesa más. Dónde sentís apretado. Dónde está la carga. Ese reconocimiento es parte del ritual.
Una vez que estés bajo la ducha, dejá que el agua común caiga un momento sobre vos, como para preparar el campo. Después apagás la ducha y empezás a tirar el agua del recipiente desde el cuello hacia abajo, lentamente, dejando que vaya recorriendo todo tu cuerpo. Y mientras el agua cae, repetís esta oración en voz baja, una oración que yo uso desde hace años y que siempre me libera profundamente:
“Agua sagrada, despertá mi luz. Que todo lo que pesa se vaya, que todo lo que duele se disuelva, que todo lo que frena se desprenda. Me limpio de lo viejo, me abro a lo nuevo, me renuevo en esta noche. Que mi cuerpo respire, que mi energía se expanda y que mi alma vuelva a brillar. Así sea.”
Cuando terminás de echar el agua, quedate un segundo en silencio. Es impresionante cómo en ese momento se siente un cambio interno. Es como si algo se aflojara, como si tu cuerpo exhalara lo que venía guardando desde hace meses. Después abrí la ducha de nuevo y dejá que el agua común caiga sobre vos como sello final. No uses jabón, no friegues nada, dejá que el agua haga su trabajo.
Al salir, secate despacio, sin apuro. Ponete ropa limpia, preferiblemente clara. Y si podés, después quedate un rato en silencio. A veces yo prendo una vela blanca y dejo que ilumine el ambiente mientras termino de asentir la limpieza.
Lo hermoso de este ritual es que produce una sensación de alivio real. No es simbólico, no es psicológico. Es corporal, vibracional y emocional. Cuando lo haces, sentís literalmente cómo algo se desprende. Y eso te prepara de una manera increíble para recibir el año nuevo desde un estado de claridad y liviandad que uno no logra de ninguna otra forma.
Para cerrar, solo quiero decirte esto: el agua sabe más de vos de lo que creés. Sabe qué retener y qué soltar. Sabe qué quedarse y qué llevarse. Cuando la usás con intención, te acompaña, te limpia y te despierta. Y no hay mejor manera de terminar el año que renaciendo en ella, dejando atrás lo pesado y abriéndote a la luz que viene. Si haces este baño, vas a sentir el cambio. Y no solo esa noche: lo vas a sentir en los días que siguen, como si algo se hubiera ordenado en silencio dentro tuyo.
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